América latina, ¿es una sola o varias?

America latina - Armando Vicente Tauro

Articulo publicado Dinero y Negocios, Asunción del Paraguay

En Córdoba se reunieron este fin de semana ocho jefes de Estado latinoamericanos: Kirchner (Argentina), Lula (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay), Duarte Frutos (Paraguay), Chávez (Venezuela), Bachelet (Chile), Evo Morales (Bolivia) y Fidel Castro (Cuba). Siete de ellos actúan dentro del Mercosur o están vinculados con él por tratados de asociación. El octavo, que no tiene un tratado con el Mercosur pero se aproxima a él, es Castro. Lo que más distingue a los contertulios de Córdoba, sin embargo, no es su relación más o menos estrecha con el Mercosur sino la naturaleza de los regímenes políticos que representan.

Hay, en tal sentido, tres regímenes políticos predominantes en nuestra región. El primero es la democracia bipartidista. El segundo es la dictadura de origen democrático. El tercero es el totalitarismo comunista.

Concordia y discordia

La democracia bipartidista, que es el modelo predominante en Europa y América del Norte, también caracteriza a países latinoamericanos como Chile, Brasil y Uruguay. Sus rasgos fundamentales son dos. De un lado, el consenso básico entre las dos fuerzas políticas principales acerca de las reglas de juego que presiden su competencia. Del otro, la equivalencia electoral entre ellas, la cual permite prever que habrán de alternarse pacíficamente en el poder según pasen los años.

Estos dos caracteres otorgan a la democracia bipartidista una perspectiva de larga estabilidad porque los inversores de adentro y de afuera saben de antemano que, sea cual sea el partido que ejerza el poder, las reglas de juego no cambiarán. Y esto es posible porque en las democracias bipartidistas prevalece la tolerancia entre sus actores centrales, esto es, la decisiva virtud política de la concordia que había exaltado Cicerón en las postrimerías de la República romana, justo antes de que Julio César se encargara de destruirla.

Esta semana, cuando el presidente Vázquez se reunió en un ambiente amistoso con los candidatos a quienes había vencido en la reciente contienda electoral, Uruguay dio un contundente ejemplo de concordia entre la centroizquierda del Frente Amplio gobernante y la centroderecha de los colorados y los blancos opositores. Brasil evoluciona a su vez en dirección de un bipartidismo democrático entre la centroizquierda de Lula y la centroderecha de los continuadores de Fernando Henrique Cardoso, en tanto en Chile se afirma el bipartidismo entre la centroizquierda de la Concertación Democrática de Bachelet y la centroderecha de su reciente vencido, Sebastián Piñera.

Llamamos dictadura de origen democrático, en cambio, al segundo de los modelos políticos de América latina porque en él un partido, que ha llegado al poder mediante elecciones democráticas, no está dispuesto a conceder a sus rivales el reconocimiento del pluralismo, aspirando al contrario a monopolizar la vida política. Este es su componente dictatorial. En los países que pertenecen a esta categoría, en lugar de la concordia prevalece la discordia, la desunión nacional, cuya vigencia anticipa un futuro de inestabilidad. A este segundo tipo de régimen pertenecen Venezuela bajo Chávez y Bolivia bajo Morales.

Varios países latinoamericanos vacilan hoy entre los dos regímenes políticos mencionados. Si el presidente Kirchner llega a completar su proyecto dictatorial, la Argentina pasará a integrar el lote de las dictaduras de origen democrático. ¿Es imaginable acaso una amistosa reunión de Kirchner con sus rivales, como la que acaba de celebrar el presidente Vázquez? Según se preguntó esta semana el humorista Nik, Kirchner, ¿celebró el jueves pasado “el día del amigo” o se prepara a celebrar “el día del enemigo”?

En otros países latinoamericanos como Perú, México y Colombia, es incierto aún si prevalecerán la concordia o la discordia. En el primero de ellos, Alan García viene de ser elegido presidente, pero no sabemos todavía si logrará enhebrar con su vencido, el “chavista” Ollanta Humala, una convivencia democrática. Tampoco sabemos si el dramático recuento de los votos en México traerá consigo la concordia o la discordia entre el aparente vencedor, el centroderechista Calderón, y su aparente vencido, el populista López Obrador. Finalmente, el centroderechista Uribe ha triunfado ampliamente en Colombia, pero el hecho de que haya promovido la reforma de la Constitución para ser reelegido abre un interrogante acerca de su capacidad de convivir democráticamente con sus opositores.

Fidel Castro representa, por ahora solitariamente, el tercer modelo político latinoamericano. Después de la caída de la Unión Soviética en 1989, su régimen totalitario es el único subsistente en el mundo al lado del que preside el norcoreano Kim Jong II.

Decimos que Castro actúa “por ahora” solitariamente en América latina porque el hecho de que se lo haya invitado con bombos y platillos a la reunión de Córdoba configura una grave claudicación de los ideales democráticos. Obsérvese además que, violando el principio político fundamental del Mercosur, que es la exigencia de que sus países miembros sean democráticos, nuestra organización subregional acaba de admitir como miembro pleno al dictador Chávez. Tanto éste como Evo Morales muestran cada día, por otra parte, su ardiente devoción por Castro, una devoción de la cual no está exenta la izquierda peronista que rodea al presidente Kirchner.

¿Dónde nos queda en el tiempo, entonces, el régimen de Castro?¿En el pasado, como uno de los dos últimos dinosaurios comunistas destinados a desaparecer en medio de la oleada democrática que ha cubierto al mundo desde 1989, o en el futuro, como cresta de la ola antidemocrática que también se cierne sobre América latina?

Vecindario de naciones

Si nos atuviéramos sólo a las diferencias entre los regímenes políticos que venimos de resumir, cabría decir que hay tres y no una América latina: la plenamente democrática, la dictatorial y la totalitaria. Pero también podría decirse que América latina, remedando el dogma católico de la Trinidad que la acompaña desde hace siglos, son tres y una al mismo tiempo.

Porque ocurre que América latina, más allá de sus diferencias políticas, es un solo espacio histórico en el cual sus naciones conviven estrechamente cual si formaran parte de un vecindario . Es que, mientras cada una de nuestras naciones atraviesa su propio proceso político, todas ellas espían de reojo a las demás. Cada una de nuestras naciones está particularmente atenta a lo que pasa en torno de ella. Si se quiere extremar la metáfora, lo que nos pasa en América latina se asemeja a lo que pasaba en el tradicional “conventillo” porteño: que, escuchando los ruidos del cuarto de al lado, todos trataban de interpretarlos.

Los “ruidos” que emiten las otras naciones no nos son ajenos. Por eso, América latina es el ámbito común de un vasto aprendizaje. Si a las democracias bipartidistas les va bien, su éxito servirá de ejemplo a las que no lo son. Si a las expresiones dictatoriales o totalitarias les va mal, su fracaso no pasará inadvertido al otro lado de sus fronteras. En este doble proceso de aprendizaje reside, en el fondo, la gran esperanza latinoamericana.

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